martes, 14 de diciembre de 2010

Crónica de La Boca a mi boca.



Y todo se hizo nublado de colores verdes y rojos mezclándose hasta que me desperté de golpe. Los ojos se quedaron mirando fijos a la lamparita que en la oscuridad de mi cuarto todavía podía verse en el techo. Pestañeé. De lejos se escuchaba una canilla gotear. Resbalándome entre las sabanas que me envolvían frescas puse los pies descalzos en el piso y me quedé sentado por unos segundos en el borde la cama. Y en el silencio mas profundo de la habitación me levanté para tomar agua. La casa estaba fresca y no había nadie, por las ventanas no corría el aire y los mosquitos se habían pegado a la pared. Decidí salir a caminar, estaba obnubilado, me sentía extraño. Entonces agarré las llaves, la bicicleta y bajé por la escalerita de la pensión sin hacer ruido. En la puerta del 8 estaba Doña Clara sentada en su silleta celeste de playa, que me saludó con un “Adiós querido”. Seguramente estaría “tomando aire” o haciendo eso que mis abuelos hacían siempre cuando era verano y yo jugaba en la vereda de mi casa en un barrio al sur de Montevideo. “Qué raro, tan tarde” pensé, pero no se, seguí mi rumbo por el pasillo y ya en la calle iluminada por reflejos anaranjados me dejé llevar montado en mi bicicleta roja de paseo, a la que algunos llaman “inglesa” pero yo sé bien que es de la Industria retro Argentina. Los pibes estarían en el pool del Polaco, La Caro estaría durmiendo ya o en la casa de su novio nuevo, yo quería estar solo, así que pedaleé por Benito Pérez Galdós para el lado del puerto. El Teatro Catalinas del Sur se asomó en la esquina, sus actores de alambre, chapa y pintura estaban ahí como siempre, fijos en la pared, guardando la misma posición, quietos, mudos y sonrientes saludando por unas ventanas de perspectiva plana que se pintaban detrás de esos cuerpos artificiales que caracterizan la fachada del teatro y que andá a saber. Los miré con algo de miedo, porque de noche esas caras exageradas se hacen raras si hasta sentí que uno de ellos me siguió con la mirada. Me pregunto qué hubiese pasado si el circo y el teatro no hubiesen existido jamás. Me pregunto que pasaría si el circo y el teatro dejaran de existir. A lo mejor, los niños ya no querrían a los payasos como yo, a lo mejor, tendría que buscar otra forma de vivir,  a lo mejor la risa sólo se podría conseguir a través de medios virtuales o fármacos. Temí y me sentí vivo. Estaba volando encima de una bicicleta y a la vez estaba soñando continuar con mi trabajo como malabarista en los semáforos y en el teatro todos los días que restaran de mi vida. Me sentí responsable por la posible extinción de las sonrisas, las risas y las carcajadas; que para ilustrarlo bien, quizás pasarán a extinguirse desde carcajadas a risas, de risas a sonrisas, hasta que en el rostro humano no queden fuerzas para mover los músculos de la cara y todo el barrio y todo el mundo pase a ser de multicolor a blanco y negro, de ruidoso a mudo. Y que tal vez yo pasara a ser de payaso alegre y libre, a un mimo triste y atrapado entre paredes imaginarias. Quizás, estaría teniendo otra noche de absurda introspección. O tal vez, en una de esas, mis temores me convirtieran en un visionario.
Seguí mi camino cada vez a más velocidad, calle abajo, y el aire con olor a barcos se empezó a sentir aún más. De lejos se empezaban a ver los viejos containers apilados de todos colores. Crucé una vía que murió hace años en el barrio y que, si la seguís, te lleva a dar unas vueltas por Caminito, reliquia urbana que a la luz del sol, se quema como la textura de las chapas de las casas que teñidas de azul y amarillo se vuelven  tan nítidas como la música y el olor, las pinturas, los cuadros y los bailes que se nos cruzan por cada paso que damos.  Es una vía escondida en la que el sol se apoya cuando atardece en Buenos Aires y se puede ver un hermoso espectáculo.  Avancé por una bajada dejando de pedalear y vi que en la vereda, había un linyera vagabundo y viejo que estaba dormido en el suelo sobre su ropa sucia con una lata a su lado y que sólo podría despertarse con el ruido de una moneda que algún cristiano hiciera caer en la lata y que caería provocando en el viejo una sensación que es algo así como el alivio que dan las lluvias en verano. Llegué cerca del puerto, de los barcos y las ratas. Había olor a río. En la calle no había gente, el temor a los robos de los malandrines había fabricado en los vecinos una barrera interna que no les permite disfrutar de las noches de verano con absoluta libertad. Por eso iba sintiéndome feliz y mientras silbaba bajito una canción de Tanguito, me crucé con la Kasa de las Estrellas. Ahí me saludaron unos gritos. Mi barrio, un barrio de viejos anarquistas y de escuela callejera, ¿cómo no reconocer las caras de los punquies que me saludaban, que son los mismos de siempre y que siguen resistiendo? Fui en ese momento y soy ahora tan libre como quiero. Soy libre cuando quiero serlo. La libertad es abrir la barrera y vencer todos los temores internos y externos. Ser libre es elegir enfrentarme con el otro próximo desconocido o no. Ir siempre volando, abierto a lo que pueda llegar a pasar. Y siendo esto así, uno encuentra siempre su lugar en el mundo. El hombre está excedido de temores y carente de amor, de respeto y libertad para expandir durante todo el trayecto de su vida. El hombre todavía cree que hay que cortarles las alas a los pájaros y construir jaulas, el hombre todavía le teme a las alturas y no se deja elevar por el sonido de su corazón. 
Había pedaleado demasiado. Una vez llegado a la orilla del río, la brisa fresca me secó la transpiración. El paseo había sido placentero y agobiante, hacía calor en la ciudad. Fue una noche para no quedarme a dormir. Di un respiro profundo, un suspiro lejano mirando el cielo negro y estrellado sobre el Río de la Plata y me pregunté por qué había llegado a este lado del charco, cómo es eso que los hombres elijen su espacio, su barrio, su gente, sus amores… me pregunto si será por azar, por suerte o por voluntad. Me había despertado algo extrañado y acabé reencontrándome conmigo mismo, de modo que me pasó algo así como volar desde un sueño a la realidad… Ya no me pregunto porque ahora puedo responderme: yo elijo este espacio porque aquí puedo volar. Yo elijo, yo puedo, yo sigo volando. Yo elijo porque puedo volar.  



Cielo.